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Open Access Palabras para tomar posesión de la Presidencia de la Academia Nacional de Medicina

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<&59;p>&59;Debo confesar que nunca pensé alcanzar el altísimo honor de la Presidencia de la Academia Nacional de Medicina. Estaba por encima de mis capacidades y solo la generosa disposición de ustedes pudo concederme esta distinción, ajena a mis deseos.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Por ello, debo dar mis rendidas gracias, manifestar el inmenso reconocimiento que me embarga y considerar que se me han impuesto obligaciones y deberes permanentes de servicio y de gratitud con la Academia y con Colombia.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Esta Institución y nuestra Patria tienen compromisos mutuos incancelables. Fue creada en 1890 por la Ley 71 y nació con los más nobles objetivos. En su creación se buscaba impulsar el progreso de la salud, para que esta Institución sea “una activa interventora en la presentación y discusión de los problemas públicos en los campos de la salud y de la educación médica y sea su obligación legal cooperar en la pronta y adecuada solución de ellos “.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Los miembros de la Academia, bien escogidos entre lo mejor de Colombia, de la mayor altura intelectual y moral, serán siempre la guía de la salud de la República.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Dentro de este ámbito, creado por las altísimas virtudes patrióticas de los fundadores, la Academia tiene que ser el órgano estimulante de las labores sanitarias, tiene que dar su opinión libre y justa en ellas, tiene que orientar las políticas de salud y educación médica, sin ninguna motivación distinta a los dictados de su propia conciencia en relación con el pueblo<&59;br />&59;y con la Patria.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Llegamos al fin de este siglo dentro de una severa confusión moral y en un pavoroso caos institucional. Trataremos de analizar someramente la parte que nos compete en la profesión médica.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;En primer lugar, venimos de aprobar una Constitución cuyas luces de Ley fundamental, nos iluminarán por muchos años. Las autorizadas opiniones de la Academia, que por diversos caminos llegaron a la Constituyente, no fueron tenidas en cuenta. No hay en esta ley un espíritu superior que contemple la situación social de Colombia.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Está, eso sí, llena de ofertas demagógicas desproporcionadas con nuestra situación económica, imposibles de cumplir. Este texto ingenuo, ignora las realidades sanitarias colombianas y no creemos que aporte en estas áreas, progreso ordenado y eficiente para nuestro pueblo.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;El mínimo aprecio por la vida, bien supremo del hombre, nos ha llevado a una situación en que la primera causa de mortalidad, en la edad productiva, es el asesinato. La Academia no puede ser indiferente a las razones morales, éticas, jurídicas y psicológicas de este gravísimo hecho. No podemos resignarnos a seguir conviviendo con los hijos de Caín.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Al analizar la accidentalidad, el secuestro (incluyendo médicos prestigiosos), las heridas de todos los tipos, encontramos su enorme importancia en la mortalidad y como consecuencia, en la asistencia hospitalaria cotidiana .<&59;/p>&59;<&59;p>&59;De allí que la Academia, deba tomar cartas en temas como la justicia, que aparentemente no son de su resorte. La desaparición de la moral jurídica, la lenidad de la justicia, nos competen a tal punto, que estamos en la obligación de clamar por ellas, como medio para defender la vida y la salud de los colombianos.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;La moral ha perdido sus cantinas anchos. Se utiliza el nombre de Dios para justificar el crimen. Se apela a Su bondad infinita para conversar con nuestros depredadores. Se dice que El tiene interés en comprender y perdonar el crimen.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;La moral universal tiene principios que no pueden ser tergiversados. No matar es norma inamovible de las relaciones humanas desde el alba de la civilización. El secuestro, las heridas personales, el robo, no tienen justificación alguna. Un sistema de justicia tolerante como el nuestro, rompe la armonía de cualquier conjunto humano y lo destruye.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Estos procedimientos permisivos han invadido todas nuestras instituciones. Los tres poderes del Gobierno actúan imbuidos por falsas filosofías, que nunca nos podrán llevar al orden, a la justicia ya la libertad. Las corporaciones públicas funcionan en longitudes de onda diferentes de las que tienen las necesidades populares.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;Para darle salud a nuestro pueblo la Academia debe mostrarle el camino al Gobierno. No corresponde la situación lamentable de salud pública colombiana con la época en que vivimos o con el estado de desarrollo de nuestro país.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;La dirección de problemas de salud, que atañen directamente a las necesidades de nuestro pueblo, que están íntimamente vinculados al desarrollo general de la nación, que son parte fundamental del bienestar general, no es adecuada. La Academia vive extrañada que en los últimos seis años, no hayan sido utilizadas las capacidades de los médicos sanitaristas para el Ministerio de Salud.<&59;/p>&59;<&59;p>&59;El presupuesto general de salud ha descendido a cifras que muestran la poca comprensión que tienen las clases dirigentes por estos problemas. El conocimiento de la salud misma en el alto gobierno, en Planeación Nacional en las oficinas de asuntos sociales, nos muestra el desinterés por este básico problema...<&59;/p>&59;
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Document Type: Research Article

Affiliations: Academia Nacional de Medicina

Publication date: January 1, 1992

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